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Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

La Palabra de Dios hiere y da vida

La Palabra de Dios hiere y da vida. Da muerte al fariseísmo, al pecado y la incredulidad. Te trae a Dios clamando: “¡Ay de mí porque estoy deshecho! ¡Estoy perdido! ¡Dios, sé propicio a mí, pecador!” Escucha el clamor de David en el Salmo 51 cuando la Palabra de Dios penetró forzadamente en su corazón bajo la convicción de su pecado: 

 

“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre. . . Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve . . . Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”


 

David no culpó de sus pecados a otro, no culpó a las circunstancias ni al ambiente. Se hizo cargo absoluto de sus pecados y se arrepintió de ellos ante Dios. Clamó a él pidiendo misericordia y perdón. Oh, eso es lo que necesitas tú hoy –un arrepentimiento bíblico auténtico. Tú tienes que hacerte cargo de tu culpa ante Dios por tu condición espiritual. Tú tienes que confesar: “He pecado y soy culpable. Necesito la misericordia de Dios en Cristo”.


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