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Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

Tener sed de la vida (Juan 7:37)

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,  Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. 2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?(Salmos 42:1-2)

El agua es imprescindible para la vida. Nuestro cuerpo está compuesto por un 60% de agua. Si un ser humano se halla privado de este precioso líquido sólo durante algunos días, podría morir. Por lo tanto, la sed actúa en el plano físico como un sistema de alarma. Pero en el ámbito espiritual, ¿no existe algo parecido?


 

Hace mucho tiempo, una mujer que había ido a sacar agua a un pozo se encontró con Jesús (Juan 4:7-27). Él le dijo sencillamente: “Dame de beber”, y aprovechó la ocasión para hablarle de la sed interior de todo ser humano. Jesús le dijo: “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”.

La conciencia de esa mujer se despertó y la luz entró en ella. Se dio cuenta de que estaba ante la fuente de la vida, del amor divino y de todo verdadero gozo. Esta mujer, desilusionada de la vida y con el corazón vacío, ahora bebía las palabras de Cristo. ¿Quién necesitaba, más que ella, esta fuente de agua viva de vida eterna?

¿Cómo tener hoy un encuentro con Jesús, quien puede colmar nuestras mayores aspiraciones? Escuchémosle hablar mediante los evangelios. Sus palabras son esa agua viva que da la vida eterna.

Al final de la Biblia el Señor Jesús todavía nos dice: “El que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).

 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba (Juan 7:37).


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