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Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

EL QUE NUESTRAS EMOCIONES SEAN VIVAS Y FUERTES NO COMPRUEBA QUE SEAN O NO SEAN ESPIRITUALES

Algunas personas condenan toda emoción fuerte. Albergan prejuicios en contra de todo el que tenga sentimientos poderosos y vivos acerca de Dios y las cosas espirituales. Instantáneamente asumen que tales personas sufren de algún engaño. Sin embargo, si, como acabo de comprobar, la religión verdadera tiene mucho que ver con nuestras emociones, se desprende que la abundancia de la verdadera religión en la vida de una persona resultara en plenitud de emoción.

El amor es una emoción. ¿Dirá algún cristiano que no debemos amar abundantemente a Dios o a Jesucristo? ¿O dirá alguno que no debemos sentir gran odio y dolor por el pecado? ¿O que no nos compete sentir un alto grado de gratitud a Dios por su misericordia? ¿O que no nos es necesario desear con intensidad a Dios y su santidad? Hay algún cristiano que pueda decir, "Estoy bien satisfecho con el grado de amor y gratitud que siento hacia Dios, y con el grado de odio y tristeza que siento hacia el pecado. No tengo necesidad de orar pidiendo una experiencia mas profunda de estas cosas."?


 1 Pedro 1:8 Habla de emociones vivas y fuertes cuando dice: "os alegráis con gozo inefable y glorioso." De hecho, las Escrituras suelen requerir de nosotros profundidad en el sentir. En el primer y gran mandamiento, agotan el alcance del lenguaje para expresarnos el grado hasta el cual debemos amar a Dios: "Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y con todas tus fuerzas" (Marcos 12:30).

Las Escrituras también nos mandan a sentir fuerte gozo: "Alégrese Israel en su Hacedor;... Regocíjense los santos por su gloria, y canten aun sobre sus camas" (Salmos 149:3,5). Además, con frecuencia nos exhortan a estar agradecidos con Dios por sus misericordias.

De los creyentes cuyas experiencias se nos narran en las Escrituras, los más sobresalientes expresan a menudo emociones fuertes. Por ejemplo, veamos al salmista: El menciona su amor como si fuera indecible: "¡Oh cuanto amo yo tu ley!" (Salmos 119:97). Su deseo espiritual lo sobrecoge: "Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía" (Salmos 42:1). Habla de inmensa tristeza por sus propios pecados y los pecados de los demás: "Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; como carga pesada se han agravado sobre mi" (Salmos 38:4). "Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley" (Salmos 119:136). Expresa también ferviente gozo y alabanza espiritual: "Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabaran. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzare mis manos... Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijare" (Salmos 63:3-4, 7).

Esto, pues, demuestra que la existencia de fuertes emociones religiosas no es necesariamente una señal de fanatismo. Erramos gravemente si condenamos a la gente de exaltada simplemente porque sus emociones son fuertes e intensas.

Por el otro lado, el hecho de que nuestras emociones sean fuertes e intensas tampoco comprueba que su naturaleza sea verdaderamente espiritual. Las Escrituras nos muestran que las personas se pueden emocionar mucho en cuanto a la religión sin llegar a ser verdaderamente salvas. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, la misericordia de Dios en el éxodo conmovió grandemente a los israelitas, y cantaron sus alabanzas—Éxodo 15:1-21. Sin embargo, pronto olvidaron sus obras. La entrega de la Ley en el Sinaí los animo de nuevo; parecían estar llenos de santo entusiasmo, afirmando, "Todo lo que Jehová ha dicho, haremos" (Éxodo 19:8). Al poco tiempo ¡los vemos adorando al becerro de oro!

En el Nuevo Testamento, las multitudes de Jerusalén profesaban admirar grandemente a Cristo, y lo alababan. “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" (Mateo 21:9). Pero cuan pocos de estos eran verdaderos discípulos de Cristo. Muy pronto las mismas multitudes estarían gritando, ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!" (Marcos 15:13-14).

Todos los teólogos ortodoxos están de acuerdo en que pueden existir sentimientos muy vivos en cuanto al cristianismo sin que haya una genuina experiencia salvadora.


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