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Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

EL QUE NUESTRAS EMOCIONES TENGAN UN GRAN IMPACTO SOBRE NUESTRO CUERPO NO COMPRUEBA QUE SEAN O NO ESPIRITUALES

Todas nuestras emociones afectan nuestros cuerpos. Esto se debe a la unión intima entre cuerpo y alma, carne y espíritu. No es nada sorprendente entonces, que las emociones fuertes tengan, por consiguiente, un fuerte efecto en el cuerpo. Sin embargo, estas emociones pueden ser o naturales o espirituales en su origen. La presencia de efectos corporales no pueden comprobar ni que la experiencia sea sencillamente natural ni verdaderamente espiritual.

Las emociones espirituales, cuando poderosas y fuertes, indudablemente son capaces de producir grandes efectos corporales. El salmista dice, "Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo" (Salmo 84:2). Aquí vemos una clara distinción entre corazón y carne, y la experiencia espiritual afecto a ambos. Otra vez dice, "Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela" (Salmo 63:1). De nuevo se ve la clara distinción entre alma y carne.


 El profeta Habacuc habla de como experimento corporalmente la majestad de Dios: "Oí, y se conmovieron mis entrañas; a la voz temblaron mis labios; pudrición entro en mis huesos, y dentro de mi me estremecí" (Habacuc 3:16). Igual experiencia tuvo el salmista, "Mi carne se ha estremecido por temor de ti," (Salmo 119:120).

Las Escrituras nos relatan revelaciones de la gloria de Dios que tuvieron fuertes efectos corporales en aquellos que las recibieron. Por ejemplo, Daniel: "No quedo fuerza en mi, antes mi fuerza se cambio en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno" (Daniel 10:8). La reacción del apóstol Juan a una visión de Cristo fue esta: "Cuando le vi, caí como muerto a sus pies" (Apocalipsis 1:17). De nada sirve objetar que estas fueron revelaciones externas y visibles de la gloria de Dios, más bien que espirituales. La gloria externa era una señal de la gloria espiritual de Dios. Daniel y Juan lo habrían entendido así. La gloria externa no los sobrecogió solo por su esplendor físico, sino precisamente porque era una señal de la infinita gloria espiritual divina. Seria presumir, decir que en nuestros días Dios nunca da a creyentes vistazos espirituales de su belleza y majestad los cuales producen efectos corporales similares.

Por el otro lado, los efectos corporales no comprueban que las emociones que los han producido sean espirituales. Emociones fuertes que no tienen orígenes espirituales también pueden afectar poderosamente al cuerpo. Por lo tanto, no podemos valernos de simples reacciones corporales como pruebas de que nuestra experiencia haya sido de Dios. Tenemos que tener alguna otra manera de evaluar la naturaleza de nuestras emociones.

Por: Jonathan Edwards


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