Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

¿Quieres ser sano? (Juan 5:1-16)

Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; No tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida. (Salmos 142:4)


El primer versículo  subraya la desesperación de un hombre abandonado a sí mismo, el segundo ofrece un remedio: el remedio de Dios. El capítulo 5 del Evangelio según Juan nos presenta a estos dos aspectos.

El suceso tuvo lugar en Jerusalén. Cerca del estanque de Betesda muchos lisiados y enfermos esperaban la curación. De vez en cuando un ángel venía y agitaba el agua, y el primero que descendía al estanque era sanado.

Alguien se acercó a un hombre enfermo desde hacía 38 años y le preguntó: "¿Quieres ser sano?". Ante una pregunta tan lógica e inesperada a la vez, el hombre expreso su desesperación: "No tengo quien...", no tengo nadie que me ayude. Su situación parecía no tener salida, pero el que estaba junto a él era el Hijo de Dios. "Jesús le dijo: Levántate toma tu lecho y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo".

Está escena fue maravillosa para ese hombre, pero también lo es para todos nosotros. Aquella situación sin salida representa la de todo hombre que está en su miseria moral ante Dios. Jesucristo quiere liberarnos del pecado, ese mal que nos aleja de Dios y nos conduce al juicio, a la muerte eterna. Él llevo sobre sí mismo en la cruz el juicio de Dios que merecían todas nuestras faltas. Aún hoy Dios ofrece su perdón a todos los que quieren ser sanados espiritualmente.

Al igual que este hombre, reconozcamos nuestra miseria y aceptemos de Dios la curación, el perdón de nuestros pecados.

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, (Tito 2:11)

 

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