Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

El espíritu Santo en nosotros (Juan 14:16-17)

Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. (Juan 14:16-17)

 


Después de haber cumplido la obra de salvación, el Señor Jesús resucitó y volvió  al cielo. Diez días después de su ascensión, el Espíritu Santo vino a la tierra. Desde entonces habita en cada creyente y en la Iglesia, es decir, el conjunto de todos los creyentes. La presencia del Espíritu de Dios en esta tierra forma parte de las grandes verdades del cristianismo.

Desempeña diversas funciones en nosotros.

Primero nos hace conscientes de la importancia de la salvación. Luego, el Espíritu Santo nos hace ver claramente la relación que tenemos con Dios como Padre. Es verdad que hemos llegado a ser hijos de Dios por la fe en Jesucristo. Sin embargo, mediante el Espíritu Santo podemos gozar verdaderamente del amor del Padre.

El Espíritu Santo de Dios también se encarga de conducirnos en el desierto de este mundo, nos da el entendimiento espiritual necesario. Pero ante todo nos muestra la gloria celestial, en la cual Cristo se halla ahora. Él ocupa nuestros corazones con lo que está arriba para que en nuestras vidas se pueda ver que somos ciudadanos del cielo. Además, mediante el Espíritu Santo podemos gozar de la presencia de nuestro Señor mientras estamos de paso por esta tierra.

Antes de volver al cielo, Cristo prometió a los suyos: "Nos os dejaré huérfanos, vendré a vosotros" (Juan 14:18).

 

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