Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

Como la estela de un navío (Salmos 43:4)

Entraré al altar de Dios, Al Dios de mi alegría y de mi gozo; Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío. (Salmos 43:4)

 


La vida siempre contiene, al menos bajo la forma de nostalgia, un deseo de felicidad y alegría. Más o menos conscientemente, todos aspiramos a ella. No hay vida sin admiración, sin esos momentos en los que queremos cantar de alegría. Esa necesidad de alabanza es tan inherente a la vida humana que, si el hombre no alaba a Dios, exaltará cualquier cosa que lo reemplace: un ideal, un motivo político, algún tipo de arte, de deporte, etc. La historia de la humanidad muestra qué formas pervertidas puede tomar también este arrebato de exaltación cuando está desviado de Dios.

Pero el que confía en Dios descubre que la fuente de la alegría está en una persona: en Jesús. "Dios envío a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él) (1 Juan 4:9). Independientemente de cual haya sido nuestro pasado y la gravedad de las faltas que hayamos cometido, podemos encontrar las respuestas a nuestra ardiente sed de felicidad confiando en Dios, creyendo en el Señor Jesús. Entonces gustamos de su alegría, y está permanece incluso en los momentos difíciles, tal y como han podido testificar tantos creyentes.

Está alegría es completa cuando gozamos, por la fe, de la presencia de Dios. El nos salvo y nos guía hacia el cielo, por ello podemos regocijarnos plenamente. Entonces, al igual que la estela de un avión, la alegría es el rastro del amor de Dios actuando en nuestras vidas.

Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza. (Nehemías 8:10)

 

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