Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. Gálatas 5-1

La palabra de Dios es la seguridad del creyente - (Salmos 119:50)

Ella (la Palabra) es mi consuelo en mi aflicción, Porque tu dicho me ha vivificado. (Salmos 119:50)

 


Russell Morse, misionero en China, fue detenido injustamente por las autoridades y encarcelado durante casi 2 dos años. Vivió en la cárcel sin ningún libro, abandonado en una estrecha celda, privado de todo contacto con el exterior. Dos veces al día le metían su comida por una ranura de la puerta. Durante todo su cautiverio no vio a nadie, e incluso ignoraba si alguien sabía dónde se hallaba. 

Más tarde declaró que probable probablemente se hubiese vuelto loco si no hubiese podido recordar los versículos de la Biblia que había memorizado en el pasado. Eso mantuvo su mente activa y en equilibrio. Por supuesto que Dios no lo había abandonado, pero ¡cuán reconfortante era recordar cada día los textos de la Palabra de Dios, que le hacían tanto bien!

Nosotros que tenemos la libertad de poseer una Biblia y leerla, ¿ qué sería de nosotros si nos la quitaran? La necesitamos constantemente, pero, ¿nos esforzamos en impregnarnos de ella, escudriñarla atentamente y memorizar el máximo número de versículos, mientras todavía tenemos memoria?

La Biblia es realmente la Palabra de Dios, un tesoro que ha sido conservado por él para nosotros. Nos pone en relación con el Señor Jesús y nos da la vida, la vida eterna. Si la leemos atentamente en oración, tiene el poder de grabarse en nuestra memoria y dar forma a nuestros pensamientos.

Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos. (Jeremías 15:16)

 

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