Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz. Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: Lugar de la Calavera.(Marcos 15:21-22)
Terminada su tarea diaria, Simón de Cirene volvía del campo, antes de que comenzara el calor del día. De origen extranjero, no estuvo con la multitud que, desde el alba, se había juntado para pedir la muerte de Jesús.Al pasar por allí se encontró con el cortejo que conducía a Jesús al suplicio.
Soldados, jefes religiosos y al populacho insultan a Jesús y se burlan de él. Mirando de lejos, unas mujeres lloran… Aparentemente, Simón solo quiere seguir su camino sin tomar parte en esos acontecimientos.
Pero no lo consigue. Se lo obliga a llevar la cruz de Jesús. Queremos pensar que fue conmovido por ese espectáculo único y que Rufo, ese “escogido en el Señor” de quien habla el apóstol Pablo (Romanos 16:13), es su hijo.
Pero, ante todo, lo que deseamos decir al lector, quien quizá como Simón, ocupado en su trabajo o asuntos particulares, piensa que el suplicio de Jesús no le concierne, es que no se puede permanecer indiferente ante la cruz.
Hoy en día como entonces, el cortejo pasa, el mundo abruma a Jesús y piensa triunfar. Los suyos son menospreciados y su Maestro les dice que cada uno debe tomar su cruz y seguirlo.
En realidad, este es el camino del triunfo ( Romanos 8:17), porque él fue el vencedor en la cruz, pesé a las apariencias (Colosenses 2:15).
¡Hagamos fila resueltamente tras él y no nos avergoncemos de su cruz!
