Oh Señor, por todas estas cosas los hombres vivirán, y en todas ellas está la vida de mi espíritu; pues tú me restablecerás, y harás que viva. He aquí, amargura grande me sobrevino en la paz, mas a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados. (Isaías 38:16-17)
El día de la muerte de un escritor famoso, se pudo oír su voz en la radio. Había hecho registrar un texto que constituía su testamento espiritual. He aquí lo que decía:
Llegó a la vejez como una pobre oveja que dejó su lana en todas las zarzas del camino. El día en que oigan esta voz, no estaré más entre los vivos. La oirán el día de mi muerte.
Lo absurdo del mundo solo aparece si lo medimos conforme a nuestra corta razón.No será dada de una vez, apenas se haya exhalado el último suspiro. A los 66 años de vida, creo, como cuando era niño, que la vida tiene un sentido, una dirección, un valor… que el secreto del mundo cabe en tres palabras: Dios es amor>>.
Sí, la vida tiene un sentido, una dirección, pero, ¿cuál? La que nos conduce a Dios. <> -dice él- <>. Quizá no sea todo el secreto. Dios es santo; yo soy pecador; Dios es justo y está obligado por sí mismo a condenarme; pero Dios es amor y me dio un Salvador.
¡Grande secreto que me es posible conocer en esta vida!
Dios demostró su amor hacia la humanidad, entregando a su Hijo a morir en una cruz por nosotros, y así pagar nuestra deuda con la justicia de Dios. “QUE GRAN AMOR”.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16).
Y el hijo de Dios por amor a nosotros los pecadores y en obediencia al Padre dejo el cielo se encarnó y murió en una cruz por nosotros. “QUE GRAN AMOR”.
El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (Filipenses 2:6-8).
Gloria a Dios en las alturas por los siglos de los siglos amén.
