¿De qué otra forma podemos evaluar la belleza de un corazón invisible sino por aquello que ama? Alguien podría sugerir: «Por lo que piensa». Sin embargo el pensamiento claro y preciso es solamente hermoso cuando se refiere a buenos sentimientos. El diablo mismo es bastante inteligente pero ama todas las cosas malas. Entonces su pensamiento está al servicio del mal y su alma es inmunda. O quizás alguno podría sugerir que se puede evaluar la bellezade un alma por lo que desea. Sí, pero hay corazones tibios y corazones íntegros. No se puede juzgar el valor de un alma si detrás de todo lo que desea hacer existen intereses mezquinos, o sólo una férrea determinación. Para conocer la magnitud de un alma es necesario conocer sus pasiones. La verdadera dimensión de un alma se ve en sus deleites. Lo que revela nuestra excelencia o nuestra vileza no es lo que deseamos con diligencia sino lo que anhelamos con pasión.
El alma se mide por sus vuelos:
algunos bajos, otros altos.
El corazón se conoce por sus deleites
y las satisfacciones nunca mienten.
Evidentemente, éste es el concepto de amor al que Scougal se refiere cuando dice: «El valor y excelencia de un alma se miden por el objeto de su amor». Se refiere a los deleites y satisfacciones de los que disfrutamos según lo que amamos. Dice, por ejemplo:
El amor de Dios es una sensación encantadora y afectuosa de la perfección divina que lleva al alma a renunciar y a entregarse en sacrificio a Dios, a desear por sobre todas las cosas agradarle, a deleitarse más que nada en el compañerismo y en la comunión con él, y a estar listo para hacer o sufrir cualquier cosa por su causa o su placer.
Por lo tanto, cuando el amor esta bien enfocado, nada puede superar al deleite del alma:
Los placeres más deslumbrantes, los deleites más puros y abundantes que la naturaleza humana puede disfrutar son aquellos que provienen de la ternura de un sentimiento fructífero y que ha sido puesto en el lugar correcto.
Y cuando los placeres que provoca un sentimiento «que ha sido puesto en el lugar correcto» son insuperables, allí se revela su excelencia. Porque la «excelencia de un alma se mide por el objeto de su amor.
Sin lugar a dudas, para el ser humano los sentimientos de amor están «puestos en el lugar correcto» cuando se colocan en Dios. Porque este es el primer mandamiento y el más grande: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mateo 22.37). Por lo tanto, el alma más excelente es aquella que más ama a Dios. Y cuanto más amor se manifiesta, mayor será el valor y la hermosura que revelará el alma que ama.
Del mismo modo ocurre con Dios. El valor y excelencia del alma de Dios se miden por el objeto de su amor. El concepto de que el amor es esa pasión poderosa y dominante del alma de la que dependen su perfección y felicidad es incluso más real para Él que para nosotros. Por eso, si el amor de Dios es la pasión poderosa que predomina en él (esa omnipotente energía que se desprende de su aprobación, disfrute y delicia) entonces “los deleites de Dios” constituyen la medida de la excelencia de su alma.
Cuanto más pensaba en esto, más importante me parecía la idea de Scougal. Si está en lo cierto -pensé- la única forma de meditar en la excelencia de Dios es meditar en sus deleites. Una forma de ver su gloria es llegar a ver su gozo. Esto se convirtió en un pensamiento que me emocionaba, ya que conocía por experiencia y por las Escrituras que cuanto más me enfoco en la gloria de Dios, más soy transformado a su semejanza. Tenemos la tendencia a convertirnos en aquello que admiramos y disfrutamos. Y cuanto mayor sea nuestra admiración, mayor será la influencia que aquello ejercerá sobre nosotros. Henry Scougallo expresa de esta manera:
Aquel que ama cosas sórdidas y miserables se convierte en
alguien vil y bajo. Sin embargo un sentimiento noble y bien
dirigido avanza y mejora el espíritu conforme a la perfección
de aquello que ama.”
Si podemos admirar los deleites de Dios admirando su excelencia, y si tendemos a ser conformados a la imagen de aquello que admiramos, entonces el enfocarnos en los deleites de Dios podría ayudarnos a ser conformados a su imagen. Esto tenía sentido no sólo a la luz de la experiencia sino también por lo que dicen las Escrituras. Por ejemplo, en 2 Corintios 3.18 (RVR60), Pablo señala: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor».” Mirar es una forma de conversión. Entonces si los deleites de Dios son una marca de su excelencia, o de su gloria, meditar en estos deleites ofrece la esperanza de ser cambiados a su semejanza. Esto fue un tremendo incentivo para seguir adelante considerando la frase de Scougal: El valor y excelencia de un alma se miden por el objeto de su amor.
Una vez que percibí esto con claridad, supe qué tenía que hacer. Me tomé una licencia de mis obligaciones de la Iglesia para dedicarme al estudio y me fui al norte de Minnesota con mi Biblia y una concordancia. A medida que buscaba en la Biblia todas las citas que mencionan los deleites y gozos de Dios, fueron surgiendo una serie de sermones. A principios de 1987 los prediqué. No sólo eso, sino que también ví surgir un importante estudio bíblico sobre el carácter de Dios. Me di cuenta de que los deleites de Dios eran en realidad un retrato de Dios. Cada deleite es un rasgo de la gloria de su semblante. Este libro ha resultado de ese descubrimiento hecho en el norte de Minnesota.
Considero este libro como la visión de Dios a través del cristal de su felicidad. Lo que la iglesia y el mundo necesitan hoy, más que ninguna otra cosa, es conocer y amar a Dios, el Dios grandioso, glorioso, soberano y feliz que muestra la Biblia. Muy pocas personas ven a Dios como alguien que disfruta sumamente de la comunión con la Trinidad, y de la obra de creación y redención. La exhuberancia casi volcánica con que Dios se goza en el gran valor de su Hijo, en la obra de sus manos yen el bienestar de su pueblo no son muy conocidos. En los lugares del mundo en los que se alaba a Dios, el deleite que Dios tiene en ser Dios no se canta con el asombro y la pasión con que debería ser cantado. Y cada vez somos más pobres y débiles al respecto.
Al escribir este libro, mi esperanza y oración es que cada vez más personas puedan meditar conmigo en los deleites de Dios, y que al hacerlo podamos fijar nuestra atención en su gloria y excelencia. De esta forma nuestras almas se satisfarán cada vez más en Dios e irán gradualmente transformándose a su semejanza. Entonces la gloria de Dios se manifestará más y más en el mundo a través de la misión de su iglesia.
Por : John Piper

