Refugio en la tormenta (Juan 3:17-18)

Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.  El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.(Juan 3:17-18)

 


Ocurrió en 9 de noviembre de 1938 que para siempre quedará como una oscura mancha en la historia de Alemania. El pueblo se desenfrenó: los comercios de los judíos fueron saqueados, sus viviendas destruidas, inocentes fueron pisoteados, fusilados y matados.

En una gran ciudad de la región del Ruhr, una de las más magníficas sinagogas fue presa de las llamas por un incendio criminal. Al final, solamente quedó en pie la gigantesca y desnuda construcción con su cúpula. Las grandes piedras labradas habían resistido al fuego.

Algunos años más tarde empezaron los bombardeos de ciudades alemanas. Llegó el día en que  barrios enteros de aquella ciudad del Rurh se transformaron en un mar de llamas. La gente busca donde refugiarse ante la tormenta de fuego que se expandia con la velocidad del viento. Y fue en esas ruinas de la sinagoga donde centenares de personas se escondieron esa noche… y fueron salvadas.

Allí la llamas no habían hallado más alimento.

Esto nos recuerda que pronto sobrevendrá también sobre todos los inconversos la <> del juicio de Dios y les causará pánico. Pero, felizmente, hoy existe aún un lugar en el cual el pecador merecedor del juicio puede buscar un refugio seguro.

Es la cruz de Cristo, en la que hace pronto 2000 años Dios hizo caer el juicio por los pecados sobre su propio Hijo.

Todo aquel que busca refugio junto al Cristo crucificado se halla en lugar seguro y por la eternidad no necesita tener  el juicio de Dios.