Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas Que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas. (Salmos 139:14-16)
En una conferencia de biólogos reunidos en París hace algunos años se pusieron en evidencia los progresos obtenidos en el estudio del cerebro humano. Uno de los conferenciantes declaro: “Esta prodigiosa máquina consta de diez mil millones de células, algunas de las cuales reciben hasta 50000 conexiones.
Los neurofisiologos se preguntan cómo logró la naturaleza una asociación de circuitos tan compleja en un volumen de unos tres cuartos de litro”.
Como cristianos, no nos preguntamos cómo logró la naturaleza este maravilloso órgano, sino que nos extrañamos al ver que los que lo estudian no pierden la mano del creador y no le rinden el homenaje que les es debido.
En esta misma conferencia se dijo que el estudio del cerebro se acabaría en el año 2000. Pero ¿se terminará de investigarlo alguna vez? Para que el cerebro funcione, es necesaria la vida, y para que un pensamiento se ha creado, es necesario un alma. El hombre penetra entonces en la espera de lo invisible, lo que nunca será puesto en ecuaciones.
El ser humano necesita más que este conocimiento científico. Necesita conocer a Dios, Dios revelado en la escritura, Dios es conocido en su Hijo, le es necesario tener fe. Más maravilloso que todos los descubrimientos científicos es el amor de Dios, nos dio un Salvador, a su Hijo Jesucristo.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. (Juan 3:16)
