Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño.(Salmos 32:1-2)
Recientemente los diarios se hicieron eco del grito de alarma lanzado para los psiquiatras ante la multiplicación de sucesos cada vez más horribles. La cultura inculca cada vez menos la protección de los débiles y el respeto por los demás.
De ello resulta que los débiles pagan las consecuencias de la liberación de los deseos menos recomendables.Allí se hayan reunidos todos los componentes de una profunda crisis.
Casi por unanimidad la sociedad contemporánea está de acuerdo en condenar esos libertinajes: pero, ¿puede cambiar algo? Ella reconoce no tener ningún medio para contener esa agresividad.
No obstante, existe un único recurso: Cristo mismo.Cuando él entra en una vida, la transforma totalmente. Llena el corazón y le da otras motivaciones que no sean la satisfacción de sus propias condiciones.
Solo Dios puede liberar a un individuo de sus pasiones e impulsos y transformar al que era violento y temido en un ser apacible y manso. Tales milagros ocurren a menudo.
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amo, aún estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo”.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:4-5 y 8).
Tengamos esa lucidez y acudamos al único que puede cambiar nuestras vidas este es Jesucristo rey de reyes y señor de señores.
