Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo.(1 Timoteo 2:5-6)
Bajo su brillante uniforme Naamán, gran oficial sirio, escondía un mal que ineludiblemente lo conducía a la muerte: tenía lepra.
Pero Dios permitió que la muchacha israelita hablase del gran Dios Salvador a la mujer de Naamán. Éste se puso en camino hacia Samaria, para ver al profeta Eliseo. Por prudencia llevó una carta de recomendación de su soberano, y muchos regalos, con los cuales pretendía pagar su curación. Primero se dirigió al rey de Israel y le entregó su carta, pero lógicamente el rey le respondió: “Soy yo Dios, que mate y de vida?” Y en efecto, Dios dice: “No hay más Dios que yo, Dios justo y Salvador, ningún otro fuera de mí” (Isaías 45:21). Entonces Naamán fue a la casa del profeta. Ante la simplicidad de la solución propuesta por Eliseo: ” Ve y lávate siete veces en el Jordán….y serás limpio”, empezó a irritarse. Después, siguiendo el consejo de sus siervos, decidió obedecer. Se lavó en el Jordán y fue sanado.
Este relato nos interpela . Todos padecemos esta enfermedad llamada pecado, la cual conduce a la muerte eterna. Sólo Dios puede y quiere liberarnos. No espera nada de nosotros, al contrario, ofrece la curación a toda persona que reconozca su culpabilidad y crea en el sacrificio de Jesús, quien, en nuestro lugar, llevó nuestros pecados y sufrió el juicio en la cruz. ¡Acepte ahora esta salvación gratuita!
Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, Ni dar a Dios su rescate (Salmos 49:7)
