Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado.(Romanos 11:22)
Dios es quién hace esta pregunta.Se interroga a sí mismo, como si estuviese colocado ante una dificultad. Porque el hombre, su criatura, no le quiere escuchar y rehúsa obedecer.
Él envío a los profetas y a los hombres los mataron a pedradas. De muchas maneras y en varias ocasiones, Dios hablo a las precedentes generaciones; pero no quisieron escuchar.Entonces, él dijo: “¿Que haré”?
Sin duda, Dios no está corto de medios para juzgar la desobediencia de los humanos y castigar su obstinación. Con una sola palabra podría destruirlos definitivamente. Pero no lo hace.
Entonces dijo: “Enviaré a mi hijo amado” ( Lucas 20:13). Estas palabras nos sumen en la adoración: Dios da a su Hijo.
¿Qué hicieron los hombres con el enviado de Dios? “Tomándole, le mataron y en su impiedad gritaron: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos (Mateo 27:25).Conocieron, conocen y conocerán el juicio que llamaron sobre sí mismos.
Pero el amor de Dios no tiene límites según la parábola, “dará su viña a otros (Lucas 20:16). Su salvación se extendió a todas las naciones, hasta nosotros.
“Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios”, dice el apóstol en su epístola a los Romanos (11:22).
¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? (Romanos 2:4)
No menospreciemos su bondad ni la salvación que Dios nos ofrece.
