Y dijo Jeremías: No te entregarán. Oye ahora la voz de Jehová que yo te hablo, y te irá bien y vivirás. (Jeremías 38:20)
En el atardecer del 17 de octubre de 1989, San Francisco era presa de una febril actividad. La gente volvía a su casa después del trabajo…
De repente, el terror: los edificios se derrumbaron; una sección del puente de la bahía se hundió; la calzada superior de una autopista de dos pisos se desplomó…
Después de un tiempo, los que salieron ilesos contaron sus terrores. Muchos creyeron que había llegado su última hora; una niña dio sus impresiones con vívida imagen: -estábamos como en una mezcladora.
El balance de las destrucciones, sobre todo humanas, fue espantoso.
Un fenómeno como este, que transporta toda la actividad de una ciudad en quince segundos, debe hacernos reflexionar en los precarios qué es aquello que consideramos estable.
Nos recuerda la fragilidad de nuestra vida. Dios -porque nada ocurre sin él- atrae nuestra atención sobre esa inestabilidad y multiplica las advertencias: catástrofes naturales, epidemias, accidentes, destrucciones del medio ambiente…
Dios dice: ¡”Prepárate”! ¿Quién lo escucha? Liberémonos de la reinante despreocupación y prestemos atención a las palabras de Dios. Su meta final -nunca dudemos de ello- es la felicidad del hombre.
Y acontecerá que el que huyere de la voz del terror caerá en el foso; y el que saliere de en medio del foso será preso en la red; porque de lo alto se abrirán ventanas, y temblarán los cimientos de la tierra. Será quebrantada del todo la tierra, enteramente desmenuzada será la tierra, en gran manera será la tierra conmovida Temblará la tierra como un ebrio, y será removida como una choza; y se agravará sobre ella su pecado, y caerá, y nunca más se levantará. (Isaías 24:18-20)
