No rompa el espejo (Santiago 1:23-24)

Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.(Santiago 1:23-24)

 

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Con motivo de su primer contacto con una tribu primitiva, un explorador ofreció a la reina tribal algunos pequeños regalos, entre ellos un espejo. Le explicó que ese objeto le permitiría ver su propio rostro. -Eres un insolente y un mentiroso -dijo ella al hombre blanco-. ¡No puede ser que yo sea esa mujer tan fea! Sal inmediatamente de mi territorio.

Y en su ira rompió el espejo arrojándolo contra el suelo. ese comportamiento infantil, no es el de muchas personas Ese comportamiento infantil, ¿no es el de muchas personas colocadas ante el espejo de la Palabra de Dios? Quizá tengamos una buena opinión de nosotros mismos, a veces consolidada por cumplidos de nuestros semejantes.

Pero el Libro de Dios, que no engaña ni halaga a nadie, traza nuestro retrato: “Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, y  aborrecibles, aborreciéndonos unos a otros (Tito 3:3).

Dios porque nos ama tanto siempre nos dice  la verdad, él no tiene ningún interés y hipocresía, su amor es puro, su amor es santo, su amor eterno. Y por medio de la verdad es decir por su palabra Dios, nos libre de nuestro pecado, y del dominio de Satanás.

Ante ese cuadro, cuya realidad es difícilmente soportable, cuál es nuestra reacción? ¿Estamos de acuerdo con Dios -quien nos declara pecadores, pero nos ofrece su paz, su salvación y su justicia por la fe en Jesús -o preferimos romper el espejo que Dios nos presenta en ese libro, rehusando reconocernos en él por orgullo y errando así el camino del arrepentimiento que lleva a la salvación?

 

Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (Efesios 5:8)